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Al servicio de este pueblo.
Lluís Maria Xirinacs.
Artículos publicados en el diario Avui, cuando Lluís Maria Xirinacs era senador independiente en las Cortes Constituyentes españolas, entre los años 1977 y 1979, traducidos al castellano.

Diario de un senador.
Lluís Maria Xirinacs.
Artículos publicados en el rotativo Mundo Diario, cuando Lluís Maria Xirinacs era senador independiente en las Cortes Constituyentes españolas, entre los años 1977 y 1979.

Publicaciones:

Pequeña historia de la moneda.
Agustí Chalaux de Subirà, Brauli Tamarit Tamarit.

El capitalismo comunitario.
Agustí Chalaux de Subirà.

Un instrumento para construir la paz.
Agustí Chalaux de Subirà.

Leyendas semíticas sobre la banca.
Agustí Chalaux de Subirà.

Ensayo sobre Moneda, Mercado y Sociedad.
Magdalena Grau Figueras,
Agustí Chalaux de Subirà.

El poder del dinero.
Martí Olivella.

Introducción al Sistema General.
Magdalena Grau,
Agustí Chalaux.

La renta básica, el reparto del trabajo y el capital social (1ª parte).

La República. Logotip.La República. Martes, 30 de Julio de 2019.

La renta básica, el reparto del trabajo y el capital social (1ª parte).

No hay que hacer muchos estudios profundos para ver como se distribuye el voto independentista y unionista en nuestra geografía. A pesar de que somos plurales y también se mezclan (...).

Por una renta garantizada de Ciutadanía en el Parlamento. Foto: Enric Català.

R. 30-7-2019.

No hay que tener muchos estudios profundos para ver como se distribuye el voto independentista y unionista en nuestra geografía. A pesar de que somos plurales y también se mezclan los colectivos, dos factores marcan el voto: los orígenes familiares y el nivel de estudios y renta. La cuestión es si esto se puede cambiar para reforzar una mayoría independentista o unionista.

Algunos dicen que es una cuestión de tiempo, que la parte de población nacida fuera de Cataluña y llegada del resto del estado entre el años 40 y 70 del siglo pasado se irá extinguiendo inexorablemente con el paso del tiempo. Pero no tienen en cuenta que entre los años 90 y en 2000 en Cataluña llegó un alud de recién llegados extranjeros que ninguna encuesta muestra con intereses de perder la nacionalidad española, ya  sean poseedores o dado que tengan expectativas de obtenerla. Por lo tanto no está claro que demográficamente haya grandes cambios en las opciones de permanecer o salir de España en las próximas décadas.

El segundo factor es en realidad doble y tiene que ver con esto de un solo pueblo que ahora algunos quieren cargarse: educación y clase social. Si bien la Generalitat, y Cataluña en sí misma, ha tenido bastante éxito en la normalización lingüística en tanto a universalizar el conocimiento de la lengua propia a partir de las diversas normativas hechas hace 40 años, no se ha conseguido lo mismo en su uso y, lo que es peor, no se ha replicado en una normalización social y económica. Continúa existiendo una enorme fractura entre clases acomodadas y clases empobrecidas de origen migrante, agudizada por la última crisis y por los cambios estructurales que estamos sufriendo.

Y esto se ve con claridad en los análisis de voto. Solo hay que mirar el voto de Barcelona en las elecciones del 21-D: el voto unionista, a Ciutadans, presentaba una forma de U en relación a la renta de los barrios. En los barrios más ricos y más pobres ganó Ciutadans (y donde ahora gana el PSC). Del mismo modo que el voto más independentista y de izquierdas es más elevado en los antiguos pueblos industriales pasados a clase media que se integraron al municipio de Barcelona entre finales de siglo XIX y principios del XX (Gracia, Poblenou, Sants...).

Que una parte del unionismo se apoye en las clases acomodadas es normal, son las clases que quieren preservar su statu quo, sus relaciones económicas con la absorbente simiente de Madrid y de Bruselas, lo que se les da dinero y poder y, al fin y al cabo, a quienes que el estado del bienestar sea más débil en Cataluña no les impacta mucho: no van a la sanidad pública, ni sus hijos van a la escuela pública, ni son desahuciados, ni reciben ayudas al alquiler o a la pobreza.

Ahora, donde nos lo tenemos que hacer mirar es en el otro extremo, en las clases trabajadoras y vulnerables donde, más allá del origen, el independentismo ha fracasado. Si una lógica social está clara es la correlación directa entre pobreza de las familias, el nivel de estudios logrados de los hijos, la precariedad laboral y, de nuevo, la pobreza. Un círculo infernal donde la administración catalana no ha sabido actuar, de forma que hace que la desconfianza sea muy elevada sobre cómo sería un nuevo país que no sabe cuidar de sus miembros más desprotegidos y donde el único estamento público que lo hace de verdad es el estado central.

Como dato iluminador, el estado español pagó 24.000 millones de euros en pensiones a los catalanes el 2018 y 2.500 millones de prestaciones de paro, todo con claridad y finezza (son derechos subjetivos no sometidos a restricciones presupuestarias ni veleidades burocráticas), mientras que la Renta Garantizada de Ciudadanía, la que es competencia de la Generalitat, aquella que se pactó con todo el mundo y que buscaba la tolerancia cero contra la pobreza crónica y la fractura social, está siendo un lío en su aplicación y sólo llegó a ejecutar 211 millones de euros en 2018, a un número de beneficiarios inferior a la que tenía su predecesora Renta Mínima de Inserción. Y de ayudas de vivienda (la primera causa de exclusión social y pobreza en estos momentos) la Generalitat dió 126 millones. O sea la relación transferencias monetarias Estado-Generalitat es de 100 a 1 en cuanto a garantizar el bienestar económico, aunque los impuestos y cotizaciones que lo financien los pagamos nosotros, y con creces.

Y este 100 a 1 tendría que quemar en las manos de nuestros dirigentes cuando hace pocas semanas se ha publicado que en Cataluña 1,6 millones de personas están bajo el umbral de riesgo de la pobreza (el 21,3% de los catalanes), de los cuales 400.000 trabajan y la vez computan en esta estadística. Más en concreto, 234.000 hogares con 400.000 adultos y 113.000 menores no llegaban a los umbrales de renta de la Renta Garantizada, mientras que los hogares que la cobran no llegan a 30.000.

La igualdad de oportunidades (el faro de la sociedades progresistas) no se puede lograr si no hay una igualdad real, que empieza por tener garantizados unos mínimos para todo el mundo. Y el actual sistema social que depende de la Generalitat no lo hace. No lo hace ni la garantía de rentas (fracasada), ni las ayudas a la vivienda (absolutamente insuficientes en muchas ciudades del país y que excluye a las situaciones más precarias como las de quienes alquilan una habitación o tienen los ingresos muy bajos), ni las becas para estudiar en la universidad (que parecen progresivas pero en el contexto actual también acaban siendo excluyentes), ni el acceso no universal en las guarderías (donde se empiezan a generar las desigualdades en resultados escolares). Solucionar esto se dice también construir capital humano, y cuando hablamos de la comunidad de construir capital social, y aquí llevamos muchos años fallando.

¿Y como avanzamos en esta construcción, republicana de verdad? Nada apunta a que las transformaciones sociales (como el envejecimiento) o tecnológicas (como la irrupción acelerada y potente de la inteligencia artificial, la robotización y la automatización de muchos trabajos) nos lo pongan fácil. Tampoco podemos pensar pues que un crecimiento ilimitado e insostenible ambientalmente nos pueda resolver a la antigua usanza las carencias sociales y las privaciones materiales. Es necesario repensarlo todo y a la vez no dejar durante más tiempo a tantas familias y personas a la intemperie.

Mi propuesta es sencilla y a la vez complicada de ejecutar por las resistencias al cambio. La primera en torno al necesario decrecimiento material, de repartir mejor la renta y la riqueza existente que evite el espectáculo vergonzante de la pobreza en una sociedad rica como la nuestra, que asegure que la red de protección social llega a todo el mundo de verdad y no genera trampas de la pobreza, que reparta los trabajos (todos, los remunerados y los que no lo son pero que son igual o más importantes socialmente) hay que trabajar ya para implementar una renta básica universal e incondicional (ni la discrecionalidad ni la condicionalidad funcionan para eliminar la pobreza, es una evidencia histórica) y combinarla con una reducción y reparto equitativo del tiempo de trabajo, donde este sea visto como un derecho y no como una obligación para ser la única forma de tener un ingreso que permita cubrir las necesidades materiales. Si logramos esto, romperemos el círculo infernal, ampliaremos el capital social de una mayoría mucho más grande y construiremos república de verdad. El resto nos vendrá dado.

Lluís Torrens i Mèlich.
Miembro de la Red Renta Básica.

Enlace del artículo original en catalán:

https://www.larepublica.cat/la-renda-basica-el-repartiment-del-treball-i-el-capital-social-1a-part/


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